Os dejo con un relato que acaba de comerse los mocos en el concurso de Cerveza Ficción, me mola bastante cómo me quedo, pero como el concurso era via web ya no es inédito. Así que aprovecho para compartirlo con vosotros. Aunque, en realidad en el concurso compitió un primo del relato ya que le cambiaron el título XD
pd Mañana o pasado lo subo también a Wattpad
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Julia
avanzó con paso tímido por el local, cohibida ante la multitud,
asustada por los ruidos y la atmósfera viciada que se respiraba en
el mismo. Pese a que llevaba años preparándose para aquella misión,
estar sobre el terreno la hacía dudar de sus verdaderas cualidades
para afrontarla. Y el suyo sería el último cartucho que la Nación
Terrana quemaría para llevar a cabo la investigación;
no podían permitirse seguir perdiendo gente por su ansia de desvelar
el conocido como «Misterio Guinness».
Se deslizó hasta lo que había
aprendido a identificar como «barra» y buscó un hueco entre la
gente allí agolpada, cuidando de no rozarse con nadie y, sobre todo,
de no mirar a nadie de forma demasiado fija. «Recordad que eran los
Tiempos Bárbaros —les decían los instructores—. Una mirada fija
no era una invitación para cotejar el grado de complementariedad
espiritual. Era una intrusión que podía castigarse con un acto
violento.»
Y la violencia había sido
desterrada de la sociedad medio siglo antes de que Julia naciera. Por
eso le daba tanto miedo la posibilidad de tener que ser testigo de
uno de tales actos.
—¿Hola,
guapa, qué te pongo?
—preguntó una joven que debía
de ser lo que le habían
enseñado a identificar como «camarera» en una de las múltiples
lenguas muertas con las que la investigadora llevaba años
familiarizándose
Julia se quedó parada. No había
analizado la barra y no sabía si la habrían proyectado en el lugar
adecuado. ¿Qué pasaría si habían errado los cálculos y aquel
lugar no la tenía? … En ese caso tendría que improvisar, pensó
mirando la diminuta pantalla que sostenía en su mano;
no
le habían dejado instrucciones para esto.
—Una Guinness —titubeó,
sintiéndose algo incómoda al hablar en aquel idioma extinto.
—¿Caña o pinta?
De nuevo,
se quedó paralizada. Eso
no había entrado en las lecciones. Pero lo de «caña» le recordaba
a cosas de pesca, así que no podía ser una cerveza. Debía de ser
una especie de broma de la camarera.
—Pinta —contestó finalmente.
Cuando la joven se fue a servir
la bebida, Julia se sacó,
con discreción,
una libreta del bolso del pantalón; era una pieza de museo elaborada
en papel y le resultaba muy raro escribir en ella, pero había que
minimizar el número de anacronismos. Ya suponía bastante peligro la
tablilla temporal, que se erigía tanto como una guía a la que
acogerse durante el transcurso de la misión, como la llave de
regreso a casa.
Empezó a tomar notas del famoso
ritual de la Guinness. Uno de los objetos de su misión que tantos
debates seguía suscitando en la Nación Terrana. Hacía tiempo que
su mundo había desterrado el alcohol, junto con el fútbol,
la política y otras fuentes de violencia. Pero la Guinness estaba
revestida de un carácter mítico, pues era citada con frecuencia en
el El libro rosa,
uno de los pilares sobre los que se había asentado su sociedad,
después de que la tercera y la cuarta guerra mundial casi acabasen
con la vida en la Tierra. El
libro rosa era una
obra de ficción, una novela, en la
que dos personajes
alcanzaban la
armonía de espíritu,
gracias al intercambio espiritual de fluidos y a aquella famosa
Guinness, cuyo consumo parecía exigir una liturgia rayana con lo
religioso.
Para empezar, en la novela y en
algunos videos que conservaban en el museo de los Tiempos Bárbaros,
hablaban todo el rato del
«tiempo de servicio», el primer objeto de debate entre los
científicos terrános, porque se hablaba de servirla con lentitud,
nada más. Y unos interpretaban que el sagrado servicio se
extendería durante días;
otros,
que
serían unos
minutos, que la sociedad bárbara era muy impaciente, otros que el
tiempo era relativo y dependería del
estado espiritual del servido
y el servidor.
Al final fueron poco más que
diez minutos; el tiempo que, en su época, uno debía esperar para que
le sirviesen un «algo rápido». Punto para los defensores de la
impaciencia de los hombres de las edades bárbaras.
Ahora tocaba la fase visual. Era
una lástima no poder tomar una holoimagen. La famosa Guinness era
hermosa, resultaría bella incluso en la sociedad civilizada y sin
fronteras que era la Nación Terrana. Negra, como la piedra mítica
del azabache, con la blanca espuma cremosa rematándola. Etéreos
trazos de esa última revoloteaban entre el líquido, hasta
depositarse en el fondo del vaso. El
libro rosa se había
quedado corto a la hora de describir la hermosura de la mítica
bebida.
La cogió, con miedo, se suponía
que estaba inmunizada contra los efectos nocivos del alcohol, pero….
Dio un trago, estaba fresca y tenía un regusto amargo muy agradable,
que invitaba a seguir bebiendo. No obstante, dejó el vaso sobre la
mesa. Sus órdenes eran precisas, además del Misterio
Guinness,
debía estudiar los rituales de ocio bárbaros, sus técnicas de
acercamiento y, si se le presentaba la ocasión, sus rituales de
cópula. Aunque, si podía, pensaba eludir lo último. Los libros de
historia recogían la figura del urinario como lugar habitual para
aquellas cópulas
improvisadas entre vapores alcohólicos,
y,
después de haber aparecido en uno de ellos,
no tenía demasiadas ganas de baño.
Hacía calor. Pensó en quitarse
la cazadora, pero se sentía extraña imaginándose en medio de tanta
gente vestida únicamente con una camiseta de tirantes y mucho
escote, en lugar de la habitual túnica vaporosa. Ya se había
exhibido así de ceñida en el salón holográfico, pero ahora la
rodeaba gente de carne y hueso,
no proyecciones. Aunque…
Paseó una mirada discreta por la gente que la rodeaba, el resto de
mujeres de su edad lucía cosas más reveladoras y asfixiantes que su
camiseta. Decidida, deslizó la chaqueta por sus brazos y la colocó
en su regazo.
Nadie la miró de modo extraño.
Al menos, los modistos de la unidad de historia bárbara no se habían
confundido con las vestimentas. Aún circulaban rumores sobre lo que
les había pasado a unas investigadoras a las que habían proyectado
en medio de la Inglaterra victoriana, vestidas
con lo que los investigadores habían identificado como ropas de la
época, por llamarse algo así como Secreto de Victoria.
Suerte que las muchachas habían podido accionar sus llaves
temporales antes de que la muchedumbre enfervorecida las quemase,
acusándolas de ser diablos.
Bebió otro trago de cerveza y se
sintió un poco más relajada. Seguía encontrándose
en un ambiente hostil,
pestilente, ruidoso y agresivo, pero también empezaba a verle cosas
agradables. El ruido tenía, en ocasiones, cierta armonía. El olor,
pasado un tiempo, empezaba a no notarse tanto y variaba en función
de la persona que tuviese cerca. La amenaza de violencia sí que
le
daba más miedo. Se notaba en cada gesto de aquellas gentes, en sus
movimientos, tan lejanos de la armonía de la Nación Terrana.
Y además estaban los
desaparecidos. No dejaba de recordar que nadie había regresado de
aquella encomienda, incluidos compañeros suyos de promoción que
habían quedado por encima de ella en las pruebas de aptitud. Por qué
iba a ser ella la que volviese.
Nerviosa, dio otro trago a la
cerveza y analizó a la multitud, teniendo la precaución de no
centrarse en la misma persona durante excesivo tiempo. Nadie
parecía representar una amenaza..
Pero seguía sintiendo esa sensación de frío en el estómago.
—Hola —saludó una voz cerca
de su oído—. ¿Puedo invitarte a otra de lo que estés tomando?
Julia levantó la cerveza aún
llena en dos tercios.
—Aún no he pagado esta
—titubeó, sin tener claro si la respuesta sería adecuada. No se
tenían demasiados registros relativos a los rituales de acercamiento
de la época.
Su interlocutor se limitó a
sonreír, al tiempo que se sentaba a su lado. Julia aprovechó para
analizarlo con la mirada. El tipo parecía ser un digno representante
del marcado heterocentrismo de la sociedad bárbara. Subrayaba cada
rasgo de su masculinidad, ora con barba de dos días, ora con
camiseta que parecía una segunda piel, ora con unos pantalones que
dejaban sin oxígeno a sus genitales. Además, no apartaba la mirada
de las glándulas mamarias de la joven, rasgo físico este que en la
sociedad futura había perdido su viejo misticismo sexual. En
realidad, había perdido sentido la noción de la cópula incentivada
por razones de mera atracción animal o reproductiva. Lo primero
había sido sustituido por sesiones atléticas de intercambio de
fluidos en el aséptico marco de las salas de retozo de los
gimnasios; lo segundo, por la fecundación en laboratorios.
Sin embargo, y por erradicados
que estuviesen aquellos instintos primaros en su ADN, Julia se sentía
extrañamente halagada ante aquella mirada intensa, más propia de su
mundo por su fijeza que de lo que conocía de la sociedad bárbara.
No hablaron, solo se miraron,
hasta que la llegada de la camarera los obligó a desviar la
atención. Ella se quedó con su Guinness, él pidió una bebida que
a Julia le sonó algo así como a «chico malo» en otra de las
lenguas muertas de la tierra, el inglés. Resultó ser un tipo
de cerveza. Una que se bebía directamente desde la botella.
El hombre bebió más de la mitad
de la misma, haciendo movimientos espasmódicos con la garganta que
delataban todavía más su ruda naturaleza animal. Resultaba algo de
lo más instructivo para una viajera en el tiempo e investigadora
como ella. No se atrevía a tomar notas, pero sí
que analizó cada
movimiento del hombre, para poder consignarlo luego en los informes.
Si regresaba.
Nadie había regresado de la
misión Guinness.
¿Sería aquel hombre un enemigo
para ella? ¿Un terrorista temporal? ¿Un policía? Al fin y al cabo
nadie les aseguraba que lo que ahora era, para las gentes de la Nación
Terrana, una misión legal de reconocimiento, en un futuro pudiese ser
un peligro y tratasen de abortarlo.
Bebió un nuevo trago,
sintiéndose más relajada. Aquel tipo no podía venir de su época
ni del futuro, se le veía demasiado integrado en el ambiente
bárbaro.
Las manos del hombre comenzaron a
deslizarse por las piernas desnudas de Julia, tanteando el borde de
su falda, sin sumergirse todavía bajo ella, trepando por su vientre
hasta coronar en sus senos. Se demoraron en estos, apretándolos,
acariciándolos como nadie lo había hecho jamás, haciendo
reaccionar a la muchacha de un modo que se le antojaba imposible,
pues sentía un inmenso placer ante aquellos actos primitivos. Los
pezones estaban endurecidos y le dolían un poco cuando él se los
rozaba, pero era un dolor agradable. Y estaba el calor que la
invadía, en nada parecido al que la había obligado a desproveerse
de su cazadora.
Él se inclinó sobre su cuello y
empezó a besarla.
—¿Qué te parece si hacemos
una escapadita al baño?
Julia lo apartó de un empujón.
Para nada deseaba meterse en aquel lugar cochambroso. El hombre
sonrió, y la miró de forma aún más intensa que antes,
desconcertándola.
—Así que te gusta hacerte la
difícil…
Bebió otro trago de cerveza y,
sin apartar aquella mirada intensa de Julia, se pasó la lengua por
los labios, mientras sus manos elevaban el pantalón para que
resaltase aún más el área genital.
Julia dio un nuevo trago a su
bebida, dividida entre su asco hacia el baño, su sentido del deber
como investigadora temporal… y una sensación muy extraña que no
sabía definir. Una sensación… primitiva.
Cuando el hombre volvió a la
carga con sus atenciones, esta vez sí, la joven accedió a
desplazarse hasta el baño. El receptáculo en el que entraron estaba
más limpio que aquel en el que ella se había proyectado, aunque
seguía resultando pestilente.
Su bárbaro favorito la estampó
contra una de las paredes y empezó a acariciarla de modo más
intenso que en el bar y también más intrusivo. Sus manos se
sumergieron bajo la falda de la muchacha, y no se les pasó por alto
la liga en la que guardaba la llave temporal. Antes que ella tuviese
tiempo a reaccionar, él se la arrancó y la arrojó al inodoro.
Luego, tiró de la cadena.
—¿Qué? —balbució, presa
del terror.
—No necesitas eso, Julia.
Al final sí que iban a existir
los policías temporales, los terroristas o lo que fuese. Julia no se
planteó
huir; estaba empotrada contra la pared del baño y nadie la había
enseñado a usar la violencia.
—¿Eres… Eres
un policía temporal?
El hombre lanzó una sonora
carcajada, antes de apoyar las manos contra el tabique y mover la
pelvis para que quedase muy próxima a la de la muchacha.
—¿Policía temporal? No. Soy
Augustus Soderling III, profesor emérito de la Universidad de Cork,
en Venus.
Julia lo miró confusa. Venus era
un mundo inhabitable incluso en su época.
—Imposible.
Venus…
—¿Es inhabitable? Sí, supongo
que para un pacato terrano Venus es inhabitable. Allí se trasladaron
las gentes que querían conservar las cosas buenas de la Madre
Tierra. Como la lujuria —le susurró al oído, mientras su mano se
sumergía bajo las bragas de Julia—. O la cerveza…
»Brown sí que regresó del
primer viaje para descubrir lo que llamáis el misterio Guinness,
pero hubo un error en las coordenadas y apareció en uno de nuestros
laboratorios.
»Y pronto adaptó el credo de su
nuevo planeta-nación. Declaró a su vieja patria indigna de conocer
el Misterio y nos ayudó a monitorizar vuestros viajes. Desde
entonces, hemos ido interceptando a cada uno de vosotros.
—Pero ¿y las paradojas
temporales?
Soderling se carcajeó.
—¿Qué paradojas? Nadie viajó
al futuro para sacar una lista de investigadores, os hemos espiado en
tiempo real. La única paradoja es que, para descubrir el misterio de
la Guinness, habéis
tenido que dejar de ser terranos.
Fascinada por todo aquello, Julia
apenas fue consciente de haber mandado las bragas al otro extremo del
baño de una patada.
—Y que el único secreto de la
Guinness es que está casi tan buena como tú —añadió el
venusiano.
El hombre la alzó sobre sus
caderas y se deslizó en su interior, con sorprendente suavidad. A
pelo; el cerebro de historiadora de Julia le recordó que en aquellos
tiempos oscuros, los hombres enfundaban su falo en una cosa llamada
«condón» para no caer víctima de oscuras plagas de transmisión
sexual.
—¡Espera!, ¿y las Temibles
Venéreas? —suspiró más
que gritó,
tan aterrada como sumida en un estado de frenesí animal nada
desagradable.
—En Venus también las hemos
erradicado —susurró él en su oído—. Y ahora —ordenó—,
disfrutemos del intercambio cultural hasta que nos lleven de regreso
a casa.


8 comentarios:
xDDDDDDDDDDDDD Con lo del secreto de victoria me he partido xDDDDD
Hay una palabra "en negro" antes de la foto de la cerveza, he tenido que seleccionarla para leerla ;)
Arreglada la palabras que no se veía.
Porque no me extraña que te partieses con el momento "victoriano" Xd Encima me has hecho pensar en cierto personaje de un relato tuyo...
Es que ha sido un punto muy bueno xDDDDDD y lo victoriano es una de mis debilidades, ya lo sabes xDDD
Ya me había dado cuenta de tu debilidad por lo victoriano ya XD.
Entre tú y yo, ahora que nadie nos lee. Necesitaba una misión fallida por culpa de un error de vestuario y eso fue lo único que se me ocurrió en ese momento. Luego al corregirlo, sí que me entró la risa floja como a ti con esa escena xdxdxd
Muy buen relato, muy divertido; lo he pasado muy bien leyéndolo.
Curiosamente, hace nada publiqué en mi blog otro noganadorquememolaba, no de cervezas, pero casi casi: de barras de bar. ;)
Salu2.
Me alegro de que te resultase divertido el relato, es lo que buscaba ;)
Voy a leerme el tuyo, creo que, en su día lo ojeé por encima, pero andaba en plena voragine de jurado literario y no llegué a leermelo entero. ;)
Pues está muy bien este relato! lástima que no ganara..
Lo del secreto de victoria es muy bueno XDD
Gracias, Luis.
Con esto de los concursos, ya se sabe cómo es la cosa. Tan importante es sacarte un relato bueno de la manga como dar con lo que buscan los jurados y tengo la impresión que esta gente buscaba cosas de corte más realista.
Pero bueno, lo importante es que los lectores estéis disfrutando el relato ;)
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