viernes, 20 de abril de 2012

El misterio Guinness


Os dejo con un relato que acaba de comerse los mocos en el concurso de Cerveza Ficción, me mola bastante cómo me quedo, pero como el concurso era via web ya no es inédito. Así que aprovecho para compartirlo con vosotros.  Aunque, en realidad en el concurso compitió un primo del relato ya que le cambiaron el título XD 
pd Mañana o pasado lo subo también a Wattpad
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Julia avanzó con paso tímido por el local, cohibida ante la multitud, asustada por los ruidos y la atmósfera viciada que se respiraba en el mismo. Pese a que llevaba años preparándose para aquella misión, estar sobre el terreno la hacía dudar de sus verdaderas cualidades para afrontarla. Y el suyo sería el último cartucho que la Nación Terrana quemaría para llevar a cabo la investigación; no podían permitirse seguir perdiendo gente por su ansia de desvelar el conocido como «Misterio Guinness».
Se deslizó hasta lo que había aprendido a identificar como «barra» y buscó un hueco entre la gente allí agolpada, cuidando de no rozarse con nadie y, sobre todo, de no mirar a nadie de forma demasiado fija. «Recordad que eran los Tiempos Bárbaros —les decían los instructores—. Una mirada fija no era una invitación para cotejar el grado de complementariedad espiritual. Era una intrusión que podía castigarse con un acto violento.»
Y la violencia había sido desterrada de la sociedad medio siglo antes de que Julia naciera. Por eso le daba tanto miedo la posibilidad de tener que ser testigo de uno de tales actos.
—¿Hola, guapa, qué te pongo? —preguntó una joven que debía de ser lo que le habían enseñado a identificar como «camarera» en una de las múltiples lenguas muertas con las que la investigadora llevaba años familiarizándose
Julia se quedó parada. No había analizado la barra y no sabía si la habrían proyectado en el lugar adecuado. ¿Qué pasaría si habían errado los cálculos y aquel lugar no la tenía? … En ese caso tendría que improvisar, pensó mirando la diminuta pantalla que sostenía en su mano; no le habían dejado instrucciones para esto.
—Una Guinness —titubeó, sintiéndose algo incómoda al hablar en aquel idioma extinto.
—¿Caña o pinta?
De nuevo, se quedó paralizada. Eso no había entrado en las lecciones. Pero lo de «caña» le recordaba a cosas de pesca, así que no podía ser una cerveza. Debía de ser una especie de broma de la camarera.
—Pinta —contestó finalmente.
Cuando la joven se fue a servir la bebida, Julia se sacó, con discreción, una libreta del bolso del pantalón; era una pieza de museo elaborada en papel y le resultaba muy raro escribir en ella, pero había que minimizar el número de anacronismos. Ya suponía bastante peligro la tablilla temporal, que se erigía tanto como una guía a la que acogerse durante el transcurso de la misión, como la llave de regreso a casa.
Empezó a tomar notas del famoso ritual de la Guinness. Uno de los objetos de su misión que tantos debates seguía suscitando en la Nación Terrana. Hacía tiempo que su mundo había desterrado el alcohol, junto con el fútbol, la política y otras fuentes de violencia. Pero la Guinness estaba revestida de un carácter mítico, pues era citada con frecuencia en el El libro rosa, uno de los pilares sobre los que se había asentado su sociedad, después de que la tercera y la cuarta guerra mundial casi acabasen con la vida en la Tierra. El libro rosa era una obra de ficción, una novela, en la que dos personajes alcanzaban la armonía de espíritu, gracias al intercambio espiritual de fluidos y a aquella famosa Guinness, cuyo consumo parecía exigir una liturgia rayana con lo religioso.
Para empezar, en la novela y en algunos videos que conservaban en el museo de los Tiempos Bárbaros, hablaban todo el rato del «tiempo de servicio», el primer objeto de debate entre los científicos terrános, porque se hablaba de servirla con lentitud, nada más. Y unos interpretaban que el sagrado servicio se extendería durante días; otros, que serían unos minutos, que la sociedad bárbara era muy impaciente, otros que el tiempo era relativo y dependería del estado espiritual del servido y el servidor.
Al final fueron poco más que diez minutos; el tiempo que, en su época, uno debía esperar para que le sirviesen un «algo rápido». Punto para los defensores de la impaciencia de los hombres de las edades bárbaras.
Ahora tocaba la fase visual. Era una lástima no poder tomar una holoimagen. La famosa Guinness era hermosa, resultaría bella incluso en la sociedad civilizada y sin fronteras que era la Nación Terrana. Negra, como la piedra mítica del azabache, con la blanca espuma cremosa rematándola. Etéreos trazos de esa última revoloteaban entre el líquido, hasta depositarse en el fondo del vaso. El libro rosa se había quedado corto a la hora de describir la hermosura de la mítica bebida.
La cogió, con miedo, se suponía que estaba inmunizada contra los efectos nocivos del alcohol, pero…. Dio un trago, estaba fresca y tenía un regusto amargo muy agradable, que invitaba a seguir bebiendo. No obstante, dejó el vaso sobre la mesa. Sus órdenes eran precisas, además del Misterio Guinness, debía estudiar los rituales de ocio bárbaros, sus técnicas de acercamiento y, si se le presentaba la ocasión, sus rituales de cópula. Aunque, si podía, pensaba eludir lo último. Los libros de historia recogían la figura del urinario como lugar habitual para aquellas cópulas improvisadas entre vapores alcohólicos, y, después de haber aparecido en uno de ellos, no tenía demasiadas ganas de baño.
Hacía calor. Pensó en quitarse la cazadora, pero se sentía extraña imaginándose en medio de tanta gente vestida únicamente con una camiseta de tirantes y mucho escote, en lugar de la habitual túnica vaporosa. Ya se había exhibido así de ceñida en el salón holográfico, pero ahora la rodeaba gente de carne y hueso, no proyecciones. Aunque… Paseó una mirada discreta por la gente que la rodeaba, el resto de mujeres de su edad lucía cosas más reveladoras y asfixiantes que su camiseta. Decidida, deslizó la chaqueta por sus brazos y la colocó en su regazo.
Nadie la miró de modo extraño. Al menos, los modistos de la unidad de historia bárbara no se habían confundido con las vestimentas. Aún circulaban rumores sobre lo que les había pasado a unas investigadoras a las que habían proyectado en medio de la Inglaterra victoriana, vestidas con lo que los investigadores habían identificado como ropas de la época, por llamarse algo así como Secreto de Victoria. Suerte que las muchachas habían podido accionar sus llaves temporales antes de que la muchedumbre enfervorecida las quemase, acusándolas de ser diablos.
Bebió otro trago de cerveza y se sintió un poco más relajada. Seguía encontrándose en un ambiente hostil, pestilente, ruidoso y agresivo, pero también empezaba a verle cosas agradables. El ruido tenía, en ocasiones, cierta armonía. El olor, pasado un tiempo, empezaba a no notarse tanto y variaba en función de la persona que tuviese cerca. La amenaza de violencia sí que le daba más miedo. Se notaba en cada gesto de aquellas gentes, en sus movimientos, tan lejanos de la armonía de la Nación Terrana.
Y además estaban los desaparecidos. No dejaba de recordar que nadie había regresado de aquella encomienda, incluidos compañeros suyos de promoción que habían quedado por encima de ella en las pruebas de aptitud. Por qué iba a ser ella la que volviese.
Nerviosa, dio otro trago a la cerveza y analizó a la multitud, teniendo la precaución de no centrarse en la misma persona durante excesivo tiempo. Nadie parecía representar una amenaza.. Pero seguía sintiendo esa sensación de frío en el estómago.
—Hola —saludó una voz cerca de su oído—. ¿Puedo invitarte a otra de lo que estés tomando?
Julia levantó la cerveza aún llena en dos tercios.
—Aún no he pagado esta —titubeó, sin tener claro si la respuesta sería adecuada. No se tenían demasiados registros relativos a los rituales de acercamiento de la época.
Su interlocutor se limitó a sonreír, al tiempo que se sentaba a su lado. Julia aprovechó para analizarlo con la mirada. El tipo parecía ser un digno representante del marcado heterocentrismo de la sociedad bárbara. Subrayaba cada rasgo de su masculinidad, ora con barba de dos días, ora con camiseta que parecía una segunda piel, ora con unos pantalones que dejaban sin oxígeno a sus genitales. Además, no apartaba la mirada de las glándulas mamarias de la joven, rasgo físico este que en la sociedad futura había perdido su viejo misticismo sexual. En realidad, había perdido sentido la noción de la cópula incentivada por razones de mera atracción animal o reproductiva. Lo primero había sido sustituido por sesiones atléticas de intercambio de fluidos en el aséptico marco de las salas de retozo de los gimnasios; lo segundo, por la fecundación en laboratorios.
Sin embargo, y por erradicados que estuviesen aquellos instintos primaros en su ADN, Julia se sentía extrañamente halagada ante aquella mirada intensa, más propia de su mundo por su fijeza que de lo que conocía de la sociedad bárbara.
No hablaron, solo se miraron, hasta que la llegada de la camarera los obligó a desviar la atención. Ella se quedó con su Guinness, él pidió una bebida que a Julia le sonó algo así como a «chico malo» en otra de las lenguas muertas de la tierra, el inglés.  Resultó ser un tipo de cerveza. Una que se bebía directamente desde la botella.
El hombre bebió más de la mitad de la misma, haciendo movimientos espasmódicos con la garganta que delataban todavía más su ruda naturaleza animal. Resultaba algo de lo más instructivo para una viajera en el tiempo e investigadora como ella. No se atrevía a tomar notas, pero sí que analizó cada movimiento del hombre, para poder consignarlo luego en los informes.
Si regresaba.
Nadie había regresado de la misión Guinness.
¿Sería aquel hombre un enemigo para ella? ¿Un terrorista temporal? ¿Un policía? Al fin y al cabo nadie les aseguraba que lo que ahora era, para las gentes de la Nación Terrana, una misión legal de reconocimiento, en un futuro pudiese ser un peligro y tratasen de abortarlo.
Bebió un nuevo trago, sintiéndose más relajada. Aquel tipo no podía venir de su época ni del futuro, se le veía demasiado integrado en el ambiente bárbaro.
Las manos del hombre comenzaron a deslizarse por las piernas desnudas de Julia, tanteando el borde de su falda, sin sumergirse todavía bajo ella, trepando por su vientre hasta coronar en sus senos. Se demoraron en estos, apretándolos, acariciándolos como nadie lo había hecho jamás, haciendo reaccionar a la muchacha de un modo que se le antojaba imposible, pues sentía un inmenso placer ante aquellos actos primitivos. Los pezones estaban endurecidos y le dolían un poco cuando él se los rozaba, pero era un dolor agradable. Y estaba el calor que la invadía, en nada parecido al que la había obligado a desproveerse de su cazadora.
Él se inclinó sobre su cuello y empezó a besarla.
—¿Qué te parece si hacemos una escapadita al baño?
Julia lo apartó de un empujón. Para nada deseaba meterse en aquel lugar cochambroso. El hombre sonrió, y la miró de forma aún más intensa que antes, desconcertándola.
—Así que te gusta hacerte la difícil…
Bebió otro trago de cerveza y, sin apartar aquella mirada intensa de Julia, se pasó la lengua por los labios, mientras sus manos elevaban el pantalón para que resaltase aún más el área genital.
Julia dio un nuevo trago a su bebida, dividida entre su asco hacia el baño, su sentido del deber como investigadora temporal… y una sensación muy extraña que no sabía definir. Una sensación… primitiva.
Cuando el hombre volvió a la carga con sus atenciones, esta vez sí, la joven accedió a desplazarse hasta el baño. El receptáculo en el que entraron estaba más limpio que aquel en el que ella se había proyectado, aunque seguía resultando pestilente.
Su bárbaro favorito la estampó contra una de las paredes y empezó a acariciarla de modo más intenso que en el bar y también más intrusivo. Sus manos se sumergieron bajo la falda de la muchacha, y no se les pasó por alto la liga en la que guardaba la llave temporal. Antes que ella tuviese tiempo a reaccionar, él se la arrancó y la arrojó al inodoro. Luego, tiró de la cadena.
—¿Qué? —balbució, presa del terror.
—No necesitas eso, Julia.
Al final sí que iban a existir los policías temporales, los terroristas o lo que fuese. Julia no se planteó huir; estaba empotrada contra la pared del baño y nadie la había enseñado a usar la violencia.
—¿Eres… Eres un policía temporal?
El hombre lanzó una sonora carcajada, antes de apoyar las manos contra el tabique y mover la pelvis para que quedase muy próxima a la de la muchacha.
—¿Policía temporal? No. Soy Augustus Soderling III, profesor emérito de la Universidad de Cork, en Venus.
Julia lo miró confusa. Venus era un mundo inhabitable incluso en su época.
—Imposible. Venus…
—¿Es inhabitable? Sí, supongo que para un pacato terrano Venus es inhabitable. Allí se trasladaron las gentes que querían conservar las cosas buenas de la Madre Tierra. Como la lujuria —le susurró al oído, mientras su mano se sumergía bajo las bragas de Julia—. O la cerveza…
»Brown sí que regresó del primer viaje para descubrir lo que llamáis el misterio Guinness, pero hubo un error en las coordenadas y apareció en uno de nuestros laboratorios.
»Y pronto adaptó el credo de su nuevo planeta-nación. Declaró a su vieja patria indigna de conocer el Misterio y nos ayudó a monitorizar vuestros viajes. Desde entonces, hemos ido interceptando a cada uno de vosotros.
—Pero ¿y las paradojas temporales?
Soderling se carcajeó.
—¿Qué paradojas? Nadie viajó al futuro para sacar una lista de investigadores, os hemos espiado en tiempo real. La única paradoja es que, para descubrir el misterio de la Guinness, habéis tenido que dejar de ser terranos.
Fascinada por todo aquello, Julia apenas fue consciente de haber mandado las bragas al otro extremo del baño de una patada.
—Y que el único secreto de la Guinness es que está casi tan buena como tú —añadió el venusiano.
El hombre la alzó sobre sus caderas y se deslizó en su interior, con sorprendente suavidad. A pelo; el cerebro de historiadora de Julia le recordó que en aquellos tiempos oscuros, los hombres enfundaban su falo en una cosa llamada «condón» para no caer víctima de oscuras plagas de transmisión sexual.
—¡Espera!, ¿y las Temibles Venéreas? —suspiró más que gritó, tan aterrada como sumida en un estado de frenesí animal nada desagradable.
—En Venus también las hemos erradicado —susurró él en su oído—. Y ahora —ordenó—, disfrutemos del intercambio cultural hasta que nos lleven de regreso a casa.


8 comentarios:

Raelana dijo...

xDDDDDDDDDDDDD Con lo del secreto de victoria me he partido xDDDDD

Hay una palabra "en negro" antes de la foto de la cerveza, he tenido que seleccionarla para leerla ;)

Ana Morán dijo...

Arreglada la palabras que no se veía.

Porque no me extraña que te partieses con el momento "victoriano" Xd Encima me has hecho pensar en cierto personaje de un relato tuyo...

Raelana dijo...

Es que ha sido un punto muy bueno xDDDDDD y lo victoriano es una de mis debilidades, ya lo sabes xDDD

Ana Morán dijo...

Ya me había dado cuenta de tu debilidad por lo victoriano ya XD.

Entre tú y yo, ahora que nadie nos lee. Necesitaba una misión fallida por culpa de un error de vestuario y eso fue lo único que se me ocurrió en ese momento. Luego al corregirlo, sí que me entró la risa floja como a ti con esa escena xdxdxd

Pedro López Manzano dijo...

Muy buen relato, muy divertido; lo he pasado muy bien leyéndolo.

Curiosamente, hace nada publiqué en mi blog otro noganadorquememolaba, no de cervezas, pero casi casi: de barras de bar. ;)

Salu2.

Ana Morán dijo...

Me alegro de que te resultase divertido el relato, es lo que buscaba ;)

Voy a leerme el tuyo, creo que, en su día lo ojeé por encima, pero andaba en plena voragine de jurado literario y no llegué a leermelo entero. ;)

Luis Guallar dijo...

Pues está muy bien este relato! lástima que no ganara..
Lo del secreto de victoria es muy bueno XDD

Ana Morán dijo...

Gracias, Luis.

Con esto de los concursos, ya se sabe cómo es la cosa. Tan importante es sacarte un relato bueno de la manga como dar con lo que buscan los jurados y tengo la impresión que esta gente buscaba cosas de corte más realista.

Pero bueno, lo importante es que los lectores estéis disfrutando el relato ;)

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