A Karen el sonido del disparo le recordó a los petardos que siempre tiraban lo
niños en las fiestas del barrio, incluso el olor que despedía el humante cañón del
arma que sujetaba en la mano derecha, le traía rememoranzas de los mismos.
Pero lo que más le sorprendía, era no tener remordimiento alguno por haber
acabado con la vida de la mujer que estaba tendía sobre la alfombra, rodeada por
las cartas de Tarot que habían caído de sus manos cuando resultó abatida. Karen
guardó la pistola en el bolso y se dispuso a salir de aquel cuarto. Lo tenía todo
planeado; en ningún momento se había desprendido de los guantes y, por si
algún despistado se aventuraba a aquellas horas de la noche por aquellas calles
desiertas, había puesto una tetilla de biberón a modo de silenciador. Sin hacer
ruido — llevaba zapados de suela de goma— se encaminó a la puerta trasera que
la víctima tenía en el negocio, una medida para que los clientes que se
avergonzaban de usar los servicios de una bruja no corriesen el riesgo de ser
vistos.
El miserable callejón al recibió con la pestilencia de los orines de los borrachos y
la comida putrefacta del restaurante de la esquina. Haciendo caso omiso al edor,
sus labios se curvaron en una sonrisa de satisfacción. Por fin alcanzaría su Santo
Grial particular, sin olvidar que, las interminables noches que había pasado en la
oscura y angosta cabina, fingiendo ser alguno de los seres queridos de los pobres
asistentes a las sesiones espíritas de Madam Balitsky, serían compensadas. Los
palos, las noches de ayuno, las mil y una afrentas sufridas en manos de la vieja
habían sido vengadas.
Llegó a la estación y abrió una mellada consigna. Extrajo de ella una vieja maleta
de cartón, fustigada por el paso de los años. No la abrió en aquel momento para
ver su contenido, sino que esperó hasta llegar al hotel en que se había registrado
bajo un nombre falso.
Abrió la maleta y depositó su contenido sobre la cama: un vestido rosa, como
para una niña de tres años, unos zapatos, unas medias, un osito de peluche al
que le faltaba un ojo y una mochilita. Sopesó esta última y la abrió. Más muñecos,
y una bolsa de caérmelos fosilizados. Nada que le resultase útil, salvo que…Sus
dedos tantearon algo en el fondo. Un trozo de cartón. Lo sacó con un cuidado
casi reverencial. Era una foto. En ella sonreían a la cámara un hombre de unos
treinta años y aspecto amable pero cansado, una mujer, algo más joven, y
sorprendentemente parecida a Karen y una niña pequeña de sonrisa desdentada:
Ella. Giró la foto. Cuando vio la inscripción lloró. John, Carol y la Pequeña Mary en
Central Park.
« Me llamo Mary» no podía parar de pensar mientras las lágrimas corrían por su
rostro, mientras la invadía un extraño sentimiento de victoria.
La codicia es el motor de muchos crímenes; el dinero, el poder, el amor…pueden
movernos a matar. En el caso de Karen, solo codiciaba lo que la bruja siempre le
había negado: su identidad, conocer quién era antes de que aquella horrible
mujer la secuestrara y esclavizara.
niños en las fiestas del barrio, incluso el olor que despedía el humante cañón del
arma que sujetaba en la mano derecha, le traía rememoranzas de los mismos.
Pero lo que más le sorprendía, era no tener remordimiento alguno por haber
acabado con la vida de la mujer que estaba tendía sobre la alfombra, rodeada por
las cartas de Tarot que habían caído de sus manos cuando resultó abatida. Karen
guardó la pistola en el bolso y se dispuso a salir de aquel cuarto. Lo tenía todo
planeado; en ningún momento se había desprendido de los guantes y, por si
algún despistado se aventuraba a aquellas horas de la noche por aquellas calles
desiertas, había puesto una tetilla de biberón a modo de silenciador. Sin hacer
ruido — llevaba zapados de suela de goma— se encaminó a la puerta trasera que
la víctima tenía en el negocio, una medida para que los clientes que se
avergonzaban de usar los servicios de una bruja no corriesen el riesgo de ser
vistos.
El miserable callejón al recibió con la pestilencia de los orines de los borrachos y
la comida putrefacta del restaurante de la esquina. Haciendo caso omiso al edor,
sus labios se curvaron en una sonrisa de satisfacción. Por fin alcanzaría su Santo
Grial particular, sin olvidar que, las interminables noches que había pasado en la
oscura y angosta cabina, fingiendo ser alguno de los seres queridos de los pobres
asistentes a las sesiones espíritas de Madam Balitsky, serían compensadas. Los
palos, las noches de ayuno, las mil y una afrentas sufridas en manos de la vieja
habían sido vengadas.
Llegó a la estación y abrió una mellada consigna. Extrajo de ella una vieja maleta
de cartón, fustigada por el paso de los años. No la abrió en aquel momento para
ver su contenido, sino que esperó hasta llegar al hotel en que se había registrado
bajo un nombre falso.
Abrió la maleta y depositó su contenido sobre la cama: un vestido rosa, como
para una niña de tres años, unos zapatos, unas medias, un osito de peluche al
que le faltaba un ojo y una mochilita. Sopesó esta última y la abrió. Más muñecos,
y una bolsa de caérmelos fosilizados. Nada que le resultase útil, salvo que…Sus
dedos tantearon algo en el fondo. Un trozo de cartón. Lo sacó con un cuidado
casi reverencial. Era una foto. En ella sonreían a la cámara un hombre de unos
treinta años y aspecto amable pero cansado, una mujer, algo más joven, y
sorprendentemente parecida a Karen y una niña pequeña de sonrisa desdentada:
Ella. Giró la foto. Cuando vio la inscripción lloró. John, Carol y la Pequeña Mary en
Central Park.
« Me llamo Mary» no podía parar de pensar mientras las lágrimas corrían por su
rostro, mientras la invadía un extraño sentimiento de victoria.
La codicia es el motor de muchos crímenes; el dinero, el poder, el amor…pueden
movernos a matar. En el caso de Karen, solo codiciaba lo que la bruja siempre le
había negado: su identidad, conocer quién era antes de que aquella horrible
mujer la secuestrara y esclavizara.

4 comentarios:
Nuevo ejercicio de Escritura Automática. Una hora de tiempo para hacer el relato , esta vez me sobró, con las palabras siguientes : Bruja , Codicia, Disparo.
Esta muy bien. Por cierto, ¿te inspiraste en el caso de "La vampira de Barcelona"? No se, tal vez sea cosa mia, pero le veo ciertos parecidos... ;)
Gracias !!Pues , consiguientemente no, con una ora de tiempo tampoco te lo piensas mucho. Lo que si tenía presente cuando lo escribía es el inicio de las Manos del Destripador. ;)
Me gustó mucho :-) . Muy diferente en tono y estilo a tu anterior ejercicio, pero también con mucha fuerza.
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