miércoles, 1 de julio de 2009

Danza Macabra



Un periodista deberá pasar la Noche de Difuntos en un viejo castillo aparentemente maldito a raíz de una apuesta con el escritor Edgar Allan Poe y el misteriosos Conde Blackwood.


Ficha Técnica



Director: Antonio Margheretti / Productores: Leo Lax y Ricardo Vicario / GuiónFotografía: Ricardo Palllotini / Música: Ritz Ortolani / Montaje: Otelo Colangelli / Efectos especiales: / Enrico CatalucciIntérpretesNacionalidad y año: Italia 1960/ Duración y datos técnicos: 87 minutos Blanco y Negro

Comentario



El cine italiano de terror vivió uno de sus mayores momentos de esplendor entre mediados de los años sesenta y los años setenta de la mano de autores como Ricardo Freeda, el maestro Mario Bava o el hacedor de la obra que hoy nos ocupa: Antonio Maghereti. Este último tal vez no sea un autor de la fama de los dos anteriormente citados , o del posterior Dario Argento, pero con Danza Macabra ( Danza Macabra, 1964) se ganó un merecido puesto de honor en el Olimpo del fantarerror italiano en general y del cine de viviendas encantadas en particular.

Danza Macabra ( Danza Macabra, 1964) está fuertemente influida por, La Máscara del Demonio ( La Masquera del Demonio, 1960) , ya no solo en el aspecto estético y la fotografía , con un uso de los claroscuros claramente deudor la obra de Bava, sino también por la presencia de la musa del terror transalpino : la inglesa Barbara Steele. Aún así y, pese a esas influencias, la obra de Margheretti es una película con personalidad propia y no un simple remedo de la anterior.

El punto de partida de la historia no puede ser más sugestivo. Un periodista inglés, escéptico y algo envarado, acude a una taberna a entrevistar al escritor norteamericano Edgar Allan Poe (quien está recitando fragmentos de la turbadora Berenice) , e inicia una pequeña discusión con el escritor sobre la existencia o no de lo sobrenatural. Su conversación es escuchada por el Conde Blackwood, quien le ofrece pasar esa noche en su castillo (es noche de difuntos). Al parecer el inmueble está encantado y ninguna de las personas que han pasado en los últimos años la noche allí ha vivido para contarlo: todas fallecieron en extrañas circunstancias y sus cuerpos yacen en el camposanto del castillo.
El periodista acepta, evidentemente, el trato y habrá de pasar la noche en la misteriosa vivienda.

Ya desde la verja de entrada, recubierta por la hiedra, la sensación de amenaza y misterio es palpable, también todo hay que decirlo, lo es el aire de decadencia; las tupidas enredaderas dotan al exterior de la vivienda de un exquisito barroquismo que antecede lo que nos encontraremos en el interior del castillo.

En esta primera toma de contacto con el castillo es donde Margheretti muestra su mejor pulso como director; en una escena sin diálogos y sin apenas música (cuando ésta aparece es para mal, todo hay que decirlo) vemos como Alan Foster recorre el citado jardín y el interior del castillo. El director dosifica con pulso el tempo narrativo y la creciente sensación de inquietud hasta que se manifiesta el primer fenómeno inquietante del castillo (que no citaré para no destripar nada), es apenas un flash pero está introducido en el momento adecuado para crear en el espectador, y el protagonista, la necesaria sensación de alerta.

A partir de ese momento comienza el verdadero sueño bizarro. Los habitantes del castillo interaccionaran con un cada vez más confuso (y menos escéptico) periodista. La sensación de opresión y de incertidumbre es cada vez más creciente y es recalcada con la puesta en escena. Cuadros que parecen temblar ante la mirada del sufrido espectador, personas que parecen desaparecer sin dejar rastro y vivencias del pasado que parecen volver a repetirse en un macabro bucle temporal. Una montaña rusa de sensaciones que provocan que paulatinamente la inquietud se transforme en el más básico miedo, casi en la locura, hasta devenir en un, aunque predecible, impactante final.

No obstante de sus virtudes, la película tiene, para esta humilde escribiente, un defecto que provoca que el resultado de la película si bien estupendo no llegue a la categoría de magnífico: el uso de la música. La partitura de Ritz Ortolani abusa del crescendo para recalcar situaciones de tensión. Un defecto, por otro lado, relativamente común en el género y que podría haberse dejado pasar si en algún que otro momento los citados crescendo no “spoileasen” lo que va a suceder a continuación. Un problema menor, de todas formas, dentro de una película que sigue atesorando una calidad más que notable y cuyo visionado es una verdadera delicia para los aficionados al género.

1 comentario:

Quimerico Inquilino dijo...

No he tenido el gusto de ver esta. Si que ví, en cambio el remake que el propio Margheretti hizo años después.
A ver si me pongo con esta, gracias.

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